En pos de una modalidad moderna en la asistencia
médica
La
Medicina Basada en Evidencias
Dado que la salud se interpreta como
un bien social, la utilización racional de los recursos que a ella se aplican es una
obligación inexcusable de todas las personas relacionadas con los mismos. En el ámbito
de las prestaciones médicas, este deber compete tanto al administrador de un sistema como
al profesional de la salud. A este último le cabe la obligación de sugerir y brindar al
paciente las alternativas de atención que hayan demostrado poseer la mayor eficacia en la
resolución de su problema. A su vez, el administrador debe poseer los conocimientos que
le permitan interpretar y evaluar la solvencia de las solicitudes que le elevan los
profesionales asistenciales. El adecuado equilibrio entre ambos redundará en servicios
más eficientes y eficaces, con el consecuente beneficio social. Es decir, mejor
asistencia médica para más personas.
Los cuidados médicos indicados y la
aplicación de los recursos deben ser éticos, equitativos y eficientes. Eticos, pues
deben respetar el derecho de las personas a recibir lo más apropiado para sus dolencias y
circunstancias; equitativos, pues deben ser provistos de manera tal que la asistencia de
unos no perjudique la asistencia de otros y eficientes, pues deben ser los que hayan
demostrado poseer la mayor capacidad para contribuir a resolver el problema.
Pero, ¿cómo saber cual es la mejor
propuesta de atención médica? ¿cómo estar seguro de que un gasto es apropiado?.
La propuesta actual es la llamada Medicina
Basada en las Evidencias (MBE). Esta asienta sus bases filosóficas en el movimiento que
Pierre Charles Alexandre Louis propugnó en Francia hacia 1830: la Médicine
dObservation. Esta sostenía que los médicos no debían basar sus
apreciaciones sobre las conductas ante la enfermedad exclusivamente en su experiencia
personal, ya que ésta es proclive a la especulación, sino que lo debían hacer en
función de las revelaciones experimentales que mostraran los efectos en términos
cuantificables. Este criterio debió aguardar más de 150 años para ser rescatado e
incorporado eficazmente, dentro de un contexto estructurado del saber médico que se
denomina Epidemiología Clínica.
Los prohombres de este movimiento,
tales como Archibald Cochrane, David L. Sackett, Iain Chalmers, R. Brian Hynes, Gordon H
Guyatt, Peter Tugwell eran médicos asistenciales. Oportunamente y por distintas razones,
estos profesionales se obligaron a estudiar epidemiología, y en el desempeño de sus
funciones como clínicos quedaron sorprendidos ante la magnitud con que, a la luz de sus
crecientes conocimientos de los principios epidemiológicos y bioestadísticos, podían
encontrar respuestas apropiadas sobre las enfermedades de sus pacientes y las conductas a
seguir. Tuvieron claro que al aplicar ciertas estrategias básicas de la epidemiología al
estudio de sus pacientes, podían mejorar sustancialmente su pericia en el diagnóstico,
pronóstico y tratamiento de éstos, como así también sus capacidades para una
actualización médica eficiente.
La posibilidad de desarrollar
eficazmente esta simiente y la oportunidad de transferir su experiencia a otros surge con
la creación en Canadá, a principio de la década de los sesenta, de una escuela médica
en la Universidad McMaster, que adopta esta nueva metodología como foco central de la
enseñanza de la medicina.
Estas nuevas ideas sobre el modo de
enseñar, aprender y practicar la medicina, que permite además establecer un adecuado
juicio de valor sobre la propia competencia, se fueron diseminando por el Viejo y el Nuevo
Mundo, llegando a conformar un movimiento cultural internacional favorecido por una serie
de fenómenos que han contribuido a generar una crisis en los modelos tradicionales de
prestación médica. Estos hechos, que no son ajenos a la crisis global generada por el
nuevo paradigma socioeconómico y político que vivimos en este fin del milenio, incluyen:
· el difícil manejo del crecimiento
exponencial en calidad, cantidad y complejidad de la información biomédica,
· las dificultades inherentes de acceso a la
información y puesta al día por parte del médico,
· las evidencias que muestran que, por
distintos factores, los resultados de las investigaciones no se ven reflejadas con
eficiencia y eficacia en la actividad asistencial,
· la crisis financiera que soportan los
sistemas sanitarios,
· el desarrollo explosivo de la tecnología
informática, y
· el sorprendente fenómeno tecnológico y
cultural que acompaña el advenimiento de Internet.
Favorecida por este contexto, la
epidemiología clínica se expande, creando, mejorando y desarrollando estrategias cada
vez más precisas para estudiar la distribución y los determinantes de la enfermedad en
grupos y poblaciones, formulándolas desde una perspectiva clínica, y empleándolas para
mejorar el desempeño del proveedor. Es así como, insensiblemente, la Epidemiología
Clínica evoluciona dando origen a la MBE, y como tal es presentada
oficialmente en el Journal of the American Medical Association, en noviembre
de 1992.
Hoy, David L. Sackett 1, su indiscutido
padre espiritual, la define como: la MBE es un modelo de la práctica de la
medicina, en el que la evidencia más confiable y ajustada para la circunstancia de un
paciente en particular, es aplicada a fin de mejorar la calidad del juicio clínico y
optimizar la ecuación costo-beneficio del cuidado de la salud.
Aspiramos en breve síntesis a interesarlos
en sus aspectos esenciales.
Cotidianamente los pacientes nos reclaman
respuestas y éstas implican conocimientos. Intentamos darles las mejores respuestas
posibles, pero las elaboramos restringidas al marco de nuestro saber, sin considerar que
los mismos, en la medicina de hoy, tienen una vida media menor a 5 años; es decir, que el
50% de lo que sabemos habrá cambiado en los próximos 5 años.
La asistencia médica exige una constante y
compleja toma de decisiones y la habitualidad con la que se toman hace que pocas veces se
reflexione al respecto. Cuando analizamos las decisiones adoptadas, observamos que sobre
la mayoría de ellas no pueden darse explicaciones científicas. Esto se debe a que parte
del proceso de análisis se realiza en forma inconsciente e inexplicable.
Frente a problemas relativamente similares,
la rutina de la tarea lleva a recurrir a soluciones conocidas, que no siempre son las
mejores. Naturalmente nos sentimos muy apegados a lo aprendido en las etapas de formación
y confiamos en esos conocimientos como incuestionables tablas de salvación. Nos perturba
y molesta cuestionarlos. Al actuar en grupos (ej.: servicios), se supone que nuestra
idoneidad se sustenta en la vigencia de los procedimientos que practicamos más que en
nuestra capacidad para apreciar su validez y modificar oportunamente las conductas. La
confrontación de procedimientos se suele vivir como una derrota personal, cuando en
realidad la única derrota es no obtener lo mejor para el paciente.
Adquisición de los
conocimientos:
El proceso que mayor influencia tiene en el
aprendizaje de la medicina es el llamado subjetivo-abdicativo. Los conocimientos que se
incorporan de este modo se relacionan en forma directa con la jerarquía y carisma de
quienes los promueven. En general, observamos que los médicos estamos más preocupados
por copiar lo que hacen nuestros maestros que en saber si eso es lo correcto. Por su
parte, el maestro se preocupa más en enseñar sus técnicas que en saber si son las
mejores.
Los médicos mayores, jefes o no, suelen
sentirse incómodos cuando se cuestionan sus procedimientos; modificarlos ante evidencias
en contrario lo interpretan como un desmedro a su autoridad. En realidad, la autoridad se
consolida al ser el líder del proceso de cambio permanente que implica la asistencia
médica. Es fácil comprobar que la práctica de la medicina se revela como una actividad
conservadora poco dispuesta a los cambios profundos, sobre todo si provienen desde
afuera del círculo de pertenencia.
Suele ocurrir que la MBE produce rechazo
pues proviene de la clase media médica (hablando desde el punto de vista de la
formación) y con frecuencia no es bien vista por quienes consideran que ya han
llegado. Los viejos sienten que los MBEistas invaden sus
territorios (la experiencia), haciéndolos sentir desactualizados. La consecuencia
habitual es rechazar la idea de la MBE en su conjunto.
El tema MBE es todavía un debate
epistemológico más que un debate práctico: ¿de dónde proviene el conocimiento médico
que se aplica diariamente y de dónde debiera provenir? Como hemos visto, la veracidad de
un argumento depende, con harta frecuencia, de los antecedentes y el carisma del
proponente. Esto es consecuencia de que el conocimiento está enraizado en la experiencia
personal y conforma la imagen estereotípica del médico. Pero, cuando el conocimiento
está basado en las evidencias científicas, no puede ser anunciado como de exclusiva
propiedad intelectual de un iluminado o impuesto por la sola condición que otorga la
autoridad.
Por otro lado, si se da prioridad a la
experiencia en la toma de decisiones, la realidad muestra que más del 80% de los
pacientes son asistidos por médicos en formación. Se debe alcanzar una estrategia que
permita adoptar decisiones acertadas aún a los que posean menor experiencia.
Objetivos y
procedimientos en la asistencia médica:
A los pacientes les asisten derechos. Entre
ellos, el derecho a saber todo lo que atañe a su situación de salud. El médico debe
proveerles la información adecuada y la misma deberá estar en un todo de acuerdo con lo
que el avance de la ciencia permita y no limitada al conocimiento individual del médico
actuante.
El médico tradicional suele sentirse
dueño de sus pacientes, sin embargo, debe ser el enlace e intérprete entre el paciente y
la ciencia y el ejecutor de las conductas convenidas de mutuo acuerdo.
Lo mejor para el paciente es la
obtención de un estado de alivio a sus dolencias al menor costo posible. Menor costo
entendido desde la perspectiva del paciente, lo que no siempre representará un menor
costo desde la perspectiva del proveedor.
Para ello, el médico debe ser capaz
de:
· identificar el problema del paciente y sus
intereses
· formular la pregunta científica que lo
defina
· seleccionar el mejor conocimiento existente
al respecto
· adecuarlo para su aplicación al paciente a
su cargo
· verificar la utilidad de la acción
adoptada
La actitud que mejor concilia estos
propósitos es la llamada Medicina Basada en las Evidencias. Esta se define como la
aplicación consciente y juiciosa de las mejores evidencias vigentes para adoptar
decisiones sobre el cuidado de paciente individuales. Tiene la enorme ventaja de no
limitar las posibilidades del paciente a los conocimientos de alguien, sino
que integra los de todos.
La MBE es una manera de buscar respuestas
a los problemas de los pacientes integrando las evidencias clínicas relevadas de un
paciente individual y las mejores evidencias externas. En una primera exposición, la
estrategia de la MBE es difícil de captar porque da la impresión de ser lo mismo que
hacemos a diario. Sin embargo, al analizarlo con profundidad, vemos que lo que hacemos a
diario es:
· relevar datos clínicos
· conformar un diagnóstico
· adoptar una decisión en base a nuestra
opinión (que está conformada principalmente por observaciones no sistemáticas)
En cambio, la MBE propone:
· relevar los datos clínicos e intereses del
paciente
· elaborar un diagnóstico
· elaborar una pregunta científica
· seleccionar la respuesta recurriendo al
análisis crítico de la experiencia general
· verificar la eficacia de la acción
adoptada
El análisis de la práctica médica
permite esquematizar los fundamentos prioritarios de la toma de decisiones. Hay una
medicina cotidiana que se basa en las vivencias individuales y fortuitas, a la que
llamaremos, Medicina Basadas en las Anécdotas. Esta no es despreciable y juega un papel
muy importante en la elaboración de hipótesis. El inconveniente surge cuando las
anécdotas se toman como conclusiones generalizables. Hay otro comportamiento que se basa
en las opiniones de personas reconocidas, sin que la validez de las mismas sea sometida a
una evaluación crítica. Es la Medicina Basadas en las Opiniones, que, al igual que la
anterior, juega un papel importante en la elaboración de hipótesis y suele constituir lo
que llamamos experiencia. Otra actitud es la de fundamentar las decisiones en los últimos
artículos publicados, pero sin someterlos a una evaluación crítica ni integrarlos con
la experiencia clínica (Medicina Basada en la Literatura).
Finalmente, existe una actitud que exige una
gran experiencia clínica para poder interpretar al paciente y sus necesidades; se nutre
de la literatura, para rescatar la mejor información aplicable al caso a tratar; requiere
la posesión de sólidos conocimientos epidemiológicos y una amplia experiencia
para seleccionar aquellos que sean aplicables al paciente en cuestión. Todo ello
constituye la Medicina Basada en las Evidencias. Su práctica exige un nuevo médico que
no sólo sea capaz de ejecutar técnicas, sino que además sepa interpretar críticamente
la información científica y maneje con soltura los actuales recursos informáticos.
Thomas Kuhn llamó a esto el nuevo paradigma de la medicina.
Existen muchos ejemplos de lo que ocurre
cuando las decisiones no se toman considerando las evidencias. La perinatología, entre
otras especialidades médicas, se ha revelado como una fuente pródiga en ellos:
- conductas beneficiosas que no se aplicaron
por una deficiente interpretación de sus resultados iniciales (ej.: corticoides y
maduración pulmonar fetal),
- conductas aplicadas durante décadas bajo la
suposición de beneficios que luego se demostraron inexistentes (ej.: episiotomía
sistemática),
- confrontaciones de tratamientos sustentados
en evidencias básicas pero no clínicas (ej.: tratamiento de la eclampsia con sulfato de
magnesio vs. Diazepan),
- propuestas que alcanzaron rápida difusión
sin que se hubiera demostrado su utilidad (ej.: TRH en maduración pulmonar; aspirina a
bajas dosis para la prevención de la preeclampsia; monitoreo electrónico continuo de la
FCF o ecografía sistemática en el embarazo de bajo riesgo).
A pesar de no haber demostrado beneficios,
muchas de las conductas mencionadas se continúan practicando activamente sin que se le
preste atención a sus riesgos potenciales ni a la inútil e ingente erogación de
recursos que generan.
¿Cuál son los
denominadores comunes para estas referencias?:
1. La falta de capacidad de la comunidad
médica para acceder, analizar y jerarquizar las evidencias publicadas. En unos casos,
desaprovechando conductas útiles y en otros, manteniendo la práctica de conductas
dañosas.
2. La resistencia al cambio de hábitos o la
excesiva atracción por los cambios.
3. La fascinación por la tecnología.
4. La sistematización acrítica de las tareas
asistenciales.
1. La falta de capacidad para el acceso,
análisis y jerarquización de las publicaciones médicas:
El paradigma de la práctica médica
vigente hasta la actualidad, al no contar con la provisión de formación epidemiológica,
hacía que, al leer un artículo científico, el médico centrara su atención en la
introducción y en la discusión, dado que estas secciones son de fácil lectura e
interpretación. No ejercía ninguna apreciación crítica ni estaba en condiciones de
elaborar sus propias conclusiones quedando fuertemente expuesto al criterio de los
autores. Su razonamiento se basaba en que, por el solo hecho de estar publicado, la
calidad de la información estaba garantizada. Más allá de que esto fuera o no cierto,
tampoco se encontraba en condiciones de juzgar si la información era pertinente a las
necesidades de su paciente. En 1911, Sir Bernard Shaw en The doctoss
dilemma destacaba que los médicos creían que no se requerían conocimientos
especiales para interpretar la evidencia científica. Dicha observación sigue vigente
hoy. Los médicos solemos estar interesados en los resultados de las experiencias, sin
demostrar mayor preocupación por la manera en que fueron obtenidos; esto equivale a
admitir que todos los medios son apropiados y nos resistimos a hacer una neta distinción
entre observación y experimento. Sackett puntualiza que hay muchas maneras de obtener
conclusiones, pero solo unas pocas de hacerlo bien.
El nuevo paradigma centra su atención en
la pregunta a contestar, el método empleado para ello y los resultados obtenidos. El
lector debe ser capaz de obtener sus propias conclusiones, que luego confrontará con las
expuestas por los autores, deja de ser un receptor pasivo de la información para asumir
un actitud activa, convirtiéndose en un crítico. Sin la disponibilidad de los recursos
informáticos modernos, es muy complejo, sino imposible, acceder en forma rápida a la
información necesaria. La falta de estos recursos en los centros asistenciales anula la
posibilidad de recurrir a ellos.
2. La resistencia al cambio de hábitos o la
atracción por los cambios:
Es más fácil sentirse
seguro si no nos cuestionamos lo que hacemos. Quien así actúa termina
disponiendo de una lista de procedimientos establecidos e inamovibles para cada situación
que se le presenta, sin considerar la vigencia de los mismos. Actuar de esta manera es
más simple y menos trabajoso.
Otros, sienten que si aplican los
últimos procedimientos propuestos están haciendo lo mejor,
aunque no sepan si lo es. En general, tampoco están muy interesados en saberlo, les basta
con que sea novedoso.
Ambas circunstancias tienen en común la
falta de apreciación crítica de las evidencias. En general, se nos enseña que la
certeza es posible y que la incertidumbre debe ignorarse. La realidad de estas disciplinas
es que la certeza es ilusoria y lo único cierto es la incertidumbre. Soslayar la
incertidumbre es una clara fuente de roces y desacuerdos en la relación médico
paciente.
La exigencia del empleo de criterios
metodológicos rigurosos para elaborar las conclusiones sobre conductas médicas es el
único camino apropiado para reducir los daños y gastos ocasionados por tratamientos
ineficaces.
3. La fascinación por la tecnología:
En el mundo moderno, la tecnología
en particular la electrónica- ejerce muchas veces una atracción irresistible. Todo
aquello que esté vinculado a ella se considera más importante o útil que lo que no lo
está. Ello ha llevado a la desvalorización de la observación clínica y al concepto de
que la medicina avanza simplemente porque aplica más tecnología. La comunidad también
lo percibe así. Prueba de esto es que la publicidad de los sistemas de cobertura médica
priorizan cuanta tecnología de última generación disponen. Si la comunidad lo exige o
si se la convenció de que ello es lo importante, es tema de discusión. Nuestra
impresión es que se le enviaron suficientes mensajes para convencerla y se logró.
Sería conveniente que la comunidad
estuviese plenamente informada de que el avance de la medicina se mide por los resultados
obtenidos sobre puntos finales trascendentes y no sobre puntos intermedios, que no definen
el curso del daño, ni con más diagnósticos de afecciones que no tienen tratamiento. Se
confunde el avance de la física, electrónica o química aplicadas a la medicina con el
de la medicina misma.
4. La sistematización acrítica de las
tareas asistenciales:
La enseñanza se masificó por lo que la
práctica tendió a sistematizarse en acciones estructuradas pensadas para pacientes
teóricos. Esto hizo que el médico perdiera confianza en su capacidad de apreciar las
características y necesidades del paciente, delegando dicha tarea en el recurso
tecnológico. La difícil realidad económica lo impulsa a concretar muchas consultas en
poco tiempo lo cual torna imposible dedicar el tiempo suficiente a la interpretación
justa de los problemas del paciente. Los sistemas asistenciales fallan al no considerar
que una consulta suficiente ahorra más recursos que las consultas cortas, que se
resuelven con solicitudes de exámenes complementarios y prescripciones poco
pensadas.
Sin embargo, no debe considerarse a la
MBE como una estrategia para abaratar los costos asistenciales. Más aún, quizás en
algunas condiciones no los abarate, pero con certeza aumentará genuinamente la calidad de
las prestaciones con el consiguiente beneficio para la comunidad y por ende, para los
sistemas a su servicio.
Es conveniente destacar que quien actúa
basado en la aplicación juiciosa de las mejores evidencias está expuesto a errar en la
elección del mejor cuidado médico para un paciente determinado, pero obtendrá mejores
resultados en el conjunto de su práctica que quien no observa estos principios.
Práctica de la MBE
La práctica de la MBE, requiere la
integración de:
· capacidad clínica
· la mejor evidencia publicada
Capacidad clínica
Es la excelencia del juicio y de la capacidad
de apreciación de la realidad del paciente que adquieren los individuos a partir de su
práctica reflexiva. Se refleja en mejores diagnósticos y en una más inteligente
identificación de las preferencias del paciente para la toma final de la decisión sobre
su atención.
La mejor evidencia publicada
Es la orientada hacia los resultados de
investigaciones pragmáticas sobre la capacidad de las pruebas clínicas, el poder de los
criterios pronósticos y la eficacia y seguridad de las conductas terapéuticas, de
rehabilitación y preventivas.
La necesidad de mantener una relación
fluida y activa con las evidencias publicadas exige no solo la disponibilidad de los
medios físicos para hacerlo, sino también el desarrollo de la capacidad de análisis de
la información y saber apreciar con fundamentos cuál es la aplicable a un paciente
determinado.
La obtención de la información
apropiada depende de la pregunta que diera origen a la búsqueda bibliográfica. La
formulación de la pregunta es la clave del éxito de la búsqueda. David Sackett ha
estructurado la pregunta en cuatro componentes que nos guían en su construcción
destacando que la pregunta debe permitir:
1. Emitir un diagnóstico
2. Estimar un pronóstico
3. Seleccionar una conducta
4. Evaluar los riesgos
Para lograrlo, se deben cumplir
ordenadamente los siguientes pasos:
1. definir al paciente mediante sus
características más relevantes y pertinentes para el tema a contestar
2. definir la intervención o conocimiento a
evaluar (diagnóstico, causa, pronóstico, factor, tratamiento)
3. definir la comparación a efectuar (si es
pertinente)
4. definir la evolución o resultado sobre el
que se desea averiguar
La práctica de la MBE se ve auxiliada
con la elaboración de guías que orienten al agente de salud sobre las actitudes a tomar.
La preocupación que emerge de inmediato es si es preciso que ante cada paciente se
realice todo ese proceso analítico y de búsqueda de información; si se dispone del
tiempo necesario para llevarlo a cabo y si hay formas de hacerlo sin mayores costos o
esfuerzos.
De acuerdo a los conocimientos y
disponibilidades, se podrá adoptar una u otra alternativa, cuyo denominador común es la
capacidad de ofrecer los caminos apropiados para guiar la asistencia médica.
Consideraciones
finales:
Para el mejor desarrollo y
aprovechamiento de los recursos, la ciencia necesita ser una parte integral de los
servicios de salud. Cuanto menores sean los recursos, más importante es que las
decisiones estén científicamente respaldadas. La buena investigación paga
dividendos.
Sin capacidad clínica, la práctica corre
el riesgo de ser dictada por evidencias inaplicables para un determinado paciente o
ámbito de trabajo. Sin la evaluación permanente de las evidencias, la práctica queda
rápidamente fuera de actualidad en detrimento de la calidad de la prestación. La
evidencia puede informar pero no reemplazar a la experiencia individual que es la que
juzga la aplicabilidad de un método para cada circunstancia y paciente
determinados.
La MBE no es una entelequia impracticable ni
elitista, es una actitud de crítica sistemática y constructiva. Ejercer la MBE implica
admitir un cambio profundo en la práctica de la asistencia médica. No significa renegar
de lo hecho hasta el momento, sino admitir que necesita ser actualizado utilizando todos
los medios existentes. Están quienes dicen que la MBE es propuesta por aquéllos que
llevan a cabo sus tareas cómodamente instalados en la oficina y critican las de quienes
hacen efectivamente el trabajo enfrentando la realidad cotidiana en los consultorios y
salas de internación. Tal antinomia es una falacia, sólo deben compatibilizarse los
criterios.
La MBE debe difundirse y hacerse accesible a
todos. Hay que desmitificar lo científico en aras de una mayor comprensión de sus
principios y utilidades. Los integrantes del equipo de salud, ya sean médicos o
administradores, deben comprender los principios básicos mediante los cuales se elaboran
(ver Diseños) y se buscan (ver Búsqueda bibliográfica) las evidencias científicas,
así como cuáles son las maneras apropiadas para integrarlas (ver Guías de conductas).
Esto facilitará la generación de un diálogo constructivo donde ambos se sientan
integrando un mismo equipo, y no, como es habitual, los unos enfrentados con los otros. La
razonabilidad de las decisiones tiene que pasar por las evidencias que las sustenten y no
por la importancia relativa de quien las promueve.
Como todo cambio es lento y difícil de
implementar y, seguramente, transitorio. Persisten muchos dilemas sobre cómo
implementarlo, ejercer su práctica, establecer sus alcances y limitaciones, incluso hay
temores sobre su efecto en la relación médico-paciente. Para que esta relación no se
vea deteriorada, sino por el contrario fortalecida, el paciente debe ser informado del
objetivo de la MBE. El hecho de practicarla de mutuo acuerdo, otorga al médico una
dimensión más humana, con sus limitaciones de conocimiento, pero resaltando sus ansias
de colaboración para beneficio de sus semejantes, quitando la imagen mágica del médico
sabelotodo.
Quedan situaciones a resolver claramente
conflictivas para la toma de decisiones médicas: la visión utilitaria (grandes
respuestas para grandes poblaciones) y la visión individualista (grandes respuestas para
el Sr. A, que está sentado frente a mí).
Aún hay un largo camino para lograr la
optimización de la incorporación de la evidencia al pie de la cama, pero
comencemos por difundir estos conceptos e instalarlos en la conversación cotidiana de los
profesionales del equipo de salud.
Este material ha sido publicado en
el tomo III, capítulo 35 de la obra "Auditoría Médica: garantía de Calidad en la
Atención de la Salud", Centro Editor de la Fundación Favaloro, año 1999.
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